Sobre mí

Hola, y bienvenidos. Soy Rosario Ferrandis, aunque desde niña todo el mundo me llama Charo. Nací en la huerta de Valencia, a dos pasos de una acequia madre, y llevo toda la vida regándome los pies en su sabiduría: el agua que llega a su hora, al bancal que le toca, ni una gota más. Este sitio es mi manera de seguir transmitiendo lo aprendido, desde el cuaderno de notas que nunca me abandona.

La acequia, antes que la escuela

Mi abuelo Vicent era el que mejor entendía el agua de toda la partida. Las tardes de riego me llevaba con él de bancal en bancal, y yo aprendía mirando: cuándo se abre la paradeta, cuánto bebe un naranjo, por qué la chufa quiere arena y la cebolla quiere fondo. No me explicaba casi nada con palabras; me lo explicaba todo con el azadón. De él me viene la idea que sostiene este sitio: el buen jardinero no riega plantas, gobierna agua.

En casa, la huerta no era paisaje: era despensa, oficio y calendario. Las habas marcaban el invierno, el tomate valenciano el verano, y entre medias cabían las flores de mi madre, que decía que un bancal sin un clavel es una mesa sin mantel.

Medio siglo de bancales

Durante más de treinta años llevé con mi hermano una parada de planteles en el mercado: tomateras, pimientos, alfábega para San Juan, esquejes de geranio que vendíamos por docenas. Por la parada pasó media huerta, y con cada cliente se quedaba un consejo y se me pegaba otro. Cuando lo dejamos, me di cuenta de que lo que más echaba de menos no era vender: era explicar. Así que ahora explico aquí, que no se me agota la cuerda.

Paco, y el turno del agua

Compartí la vida con Paco durante treinta y cuatro años. Era hortelano de los de boina y transistor, y se sabía los turnos de riego de memoria, como otros se saben las alineaciones. Se me fue una madrugada de junio, en plena temporada del tomate, y aquel año los vecinos me sacaron la cosecha adelante sin que yo se lo pidiera. La huerta es eso también: nadie riega solo.

De Paco aprendí la regla que más repito: el agua, contada; el estiércol, reposado; la prisa, para la ciudad. No soy mujer de teorías; soy una mujer que ha visto cincuenta veranos de huerta, y que ha comprobado que el riego corto y frecuente cría raíces vagas, en Valencia y en todas partes. Pensad de ello lo que queráis — yo no tengo nada que vender, y sí mucho que compartir.

Tarongeta, y los pequeños placeres

Hoy vivo en la alquería de siempre, con una gata naranja que se llama Tarongeta y que duerme las siestas dentro de un capazo de mimbre. Escribo estos artículos muy temprano, cuando la acequia todavía suena a noche, con un café y una rebanada de pan con aceite. Mis debilidades, para que nos conozcamos: la horchata bien fría en julio, el arroz del domingo con leña de naranjo, y los buñuelos de calabaza de las Fallas, que cada marzo me proponen la misma tregua y cada marzo la acepto.

Lo que encontraréis aquí

Consejos de temporada contados como os los daría apoyada en la paradeta de la acequia: fichas de las plantas que quiero — cítricos, tomate de colgar, aromáticas de secano, flores de bancal —, y los trucos que dan los años: la distancia justa para plantar un naranjo, el momento exacto de aclarar los planteles, el secreto de un riego que llega hondo sin encharcar. Y, de tanto en tanto, un recuerdo de la huerta que casi no tiene que ver con el jardín, pero que me hace ilusión contaros.

Si mis palabras os acompañan un poco en vuestro propio jardín, me daré por contenta. Y si queréis escribirme unas líneas, encontraréis todo lo necesario en la página de contacto. Os espero.

— Charo Ferrandis, desde la huerta de Valencia